Por Sebastián López – Presidente del Concejo de Medellín
En medio de la crisis institucional, económica y social que vive el país, es urgente hablar de liderazgo. No de discursos vacíos ni de ideologías destructivas, sino de personas con carácter, visión y compromiso con Colombia. Por eso lo digo sin rodeos: Colombia necesita a Tomás Uribe como vicepresidente.
Mucho se ha especulado en medios sobre la supuesta intención del expresidente Álvaro Uribe Vélez de influir en la próxima fórmula presidencial. Él mismo ha sido claro: no será el vicepresidente de nadie. Pero eso no impide que se reconozca algo evidente: su legado sigue vivo y hay una generación preparada, ética y con amor por el país que puede retomar esa bandera.
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Tomás Uribe no solo es el hijo del expresidente: es un líder en sí mismo.
Tomás Uribe es empresario, conoce la realidad productiva del país, entiende el lenguaje de quienes generan empleo, y ha mantenido una postura firme a favor de la legalidad y el desarrollo. Es joven, preparado, sin escándalos ni oportunismos. Representa la posibilidad real de que una nueva generación de uribismo con visión empresarial lidere una transformación en Colombia, en contravía del desgobierno actual de Gustavo Petro, marcado por la improvisación, la confrontación y el fracaso económico.
La política necesita líderes con hoja de vida, no con consignas. Necesita gerencia, no retórica. Y, sobre todo, necesita amor por Colombia, no resentimiento disfrazado de revolución. Tomás Uribe puede ser ese vicepresidente que sume, que construya, que entienda que el desarrollo no es enemigo de la justicia social, sino su mejor aliado.
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Colombia no puede seguir siendo un experimento ideológico. El país necesita recuperar el rumbo con una fórmula presidencial sólida, que integre experiencia y juventud, legado y renovación. Tomás Uribe como vicepresidente enviaría un mensaje claro: que el futuro del país está en manos de quienes saben producir, no de quienes solo saben dividir.
Es momento de hablar en serio. Colombia necesita un Uribe en el poder. Y Tomás está listo.



